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Relato

Nuestra primera vez en un club swinger (fuimos “solo a mirar”)

Dijimos que íbamos solo a mirar. Lo dijimos tantas veces en el auto que ya sonaba a mantra. Esta es la historia de esa primera noche: la puerta sin letrero, el ropero, la pareja de cuarenta y tantos que nos adoptó en la barra, y la regla no escrita que nos hizo volver.

Por · Actualizado · Lectura: 6 min
Mujer elegante maquillándose frente al espejo mientras su pareja la observa desde la cama
📖 Relato · Serie «Historias del ambiente» — narración de ficción escrita por la redacción de Dupla Swing, inspirada en experiencias habituales del mundo liberal. Nombres, lugares y situaciones son ficticios.

El auto estacionado dos cuadras antes

Llevábamos ocho meses hablando del tema y tres semanas con la entrada comprada. Esa noche me cambié de ropa dos veces y Dani — le voy a decir Dani — manejó más lento que nunca. Estacionamos a dos cuadras "para caminar un poco", que era nuestra forma de decir "para poder arrepentirnos".

La dirección era una casa como cualquiera en una calle lateral de Providencia. Sin letrero, sin neón, sin nada. Un tipo grande y amable en la puerta nos pidió los nombres de la reserva, nos miró los nervios con una sonrisa de "ya sé, son nuevos" y dijo la frase que después entendí que le dice a todos los primerizos: "adentro nadie los va a apurar. El que apura, se va".

La regla que nadie nos había contado

Adentro era… un bar. Un bar bonito, en penumbra, con música buena y gente conversando. Mi fantasía catastrófica de "entrar y que pase de todo en la primera sala" duró exactamente cuatro segundos.

Nos sentamos en la barra como quien se agarra de un salvavidas. Y ahí apareció la pareja que nos adoptó: ella de vestido verde, él con la risa fácil, cuarenta y tantos, diez años en el ambiente. Nos cachó de inmediato — después supe que a los nuevos se nos nota a kilómetros — y en vez de coquetear, nos explicaron el lugar como guías turísticos: dónde era zona de conversación, dónde empezaba la zona de juegos, y la regla de oro que nadie nos había contado: el "no" acá se dice fácil y se recibe mejor. Sin drama, sin insistencia, sin cara larga.

Les dijimos que veníamos solo a mirar. "Perfecto", dijo ella, "nosotros los primeros seis meses vinimos solo a mirar". Y se rieron de verdad, no de vendedores.

Lo que vimos (y lo que sentimos)

Como a la una, caminamos por la zona de juegos. De la mano, apretándonos los dedos como código morse: "¿estás bien?" — "estoy bien". Vimos parejas riéndose, parejas bailando muy pegadas, y sí: vimos más que eso, con una naturalidad que no sé explicar hasta hoy. Nadie se escondía y nadie exhibía. Era como si la vergüenza se hubiera quedado afuera, estacionada a dos cuadras, igual que nuestro auto.

Lo que sentí no fue excitación al principio. Fue algo más raro: alivio. De que existiera un lugar donde esto era normal, ordenado, cuidado. La excitación llegó después, en el auto de vuelta, cuando nos miramos y hablamos sin parar hasta las cinco de la mañana — de lo que vimos, de lo que nos movió, de lo que haríamos y lo que jamás.

Esa conversación fue la verdadera primera vez. Lo demás era un bar con gente linda.

Por qué volvimos

Volvimos a la semana siguiente. Y la tercera vez no fuimos solo a mirar — pero esa es otra historia, y va a tener su propio relato.

Si están donde estábamos nosotros — meses hablando del tema, cero idea de cómo partir — mi consejo es el que nos dieron a nosotros: vayan a mirar. Nadie los apura. El que apura, se va.

Las guías que nos habrían ahorrado dos semanas de nervios: cómo es la primera vez en un club y la etiqueta del ambiente.

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